
Fue un hecho trágico que ocurrió días previos a la llegada del Papa a Guinea Ecuatorial: El Rvdo. Monseñor Fortunato Nsue Esono, Vicario General del Archidiócesis de Malabo, quien preparó y organizó con toda ilusión la visita del Papa a Malabo, fue hallado muerto, de manera extraña, en su domicilio sacerdotal, en la Parroquia Nuestra Señora Bisila del barrio Paraíso. La noticia nos llenó de consternación y tristeza.
Esta muerte supuso un dolor a toda la ciudadanía de Guinea Ecuatorial, especialmente los de Malabo y en particular a los del barrio del Paraíso, donde fue Párroco. A pesar de la alegría de los preparativos para el recibimiento del Santo Padre, el ambiente se volvió turbio y la ilusión disminuyó mucho.
Las palabras del Santo Padre, en la misa de clausura de su visita apostólica a Africa, en Guinea Ecuatorial, invitaba a no confiar en las informaciones infundadas, pero que sí había que aclarar a la ciudadanía, desde la verdad, sobre los hechos. Aquellas palabras del Santo Padre levantaron los ánimos a los ciudadanos de Malabo.
Personalmente me uno a la Fe de la Iglesia que profesaba el Padre Fortunato, que desde su bautismo aceptó, se confirmó sacramentalmente y con el Orden Sacerdotal se consagró a Cristo, Maestro. Por esta razón le dedico las siguientes palabras, recordando el símbolo de la fe:
Creo en Dios Padre … Creo en su Hijo Jesucristo … Creo en el Espíritu Santo y en la Santa Iglesia …. Creo en la resurrección de los muertos … Y Creo en la Vida Eterna.
Esta fue mi oración cuando visitamos a la comunidad parroquial huérfana del barrio Paraiso, Nuestra Señora Bisila. Una Comunidad que “llora” a su Párroco; espero que estos llantos suban como incienso hacia el trono de Dios.
Las primeras comunidades cristianas se veían reconfortadas con el Símbolo de la Fe ante hechos desconcertantes durante su persecución. Muchos sufrieron duros castigos y martirios. Quemaron ciudades enteras y se lo atribuían a los cristianos. También sufrieron calumnias en nombre del Señor. Basta solo leer el testimonio de los Apóstoles en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Lucas, que redacta tales episodios, y otros escritos martiriales. Pero la Fe en la resurrección de Cristo y en su retorno ha sido siempre el motor de esperanza para la Iglesia en los momentos difíciles.
Creer en la vida eterna, es creer en el Juicio Final, es decir, que cuando venga Cristo, vida nuestra, le veremos tal cual es y conoceremos la Verdad plena. En esta última afirmación, espero que conoceremos realmente qué pasó con este joven sacerdote. Un joven que tenía mucho futuro por delante para esta Iglesia local y peregrina, sacerdote del pueblo y para el pueblo. ¿Qué pasó? No lo sabemos a ciencia cierta. ¿Cómo y cuánto sufrió? tampoco lo sabemos. Pero, sin embargo, tengo la certeza de que el día del Juicio final, cuando Cristo venga a Juzgar a vivos y a muertos, se conocerá la verdad plena. Esta es mi visión llena de esperanza como cristiano.
Creo que, con estas afirmaciones de fe, tal vez alguien pensara que carecen de sentido, al no tener un rigor pragmático inmediato; sin embargo, para los bienaventurados del Reino de Dios, es fuerza y consuelo. Por ende, para llegar al entendimiento de las verdades antes mencionadas, habría que tener el Santo Temor de Dios, porque en la Resurrección de Cristo encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar? Así pensaban los primeros cristianos. Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.
Estas hermosas palabras me consuelan, como cristiano y como sacerdote, por tanto, son las mismas que puedo transmitir como condolencias a su familia afligida y a sus compañeros sacerdotes de la Archidiócesis de Malabo.
Rvdo. P. Andrés Pedro Sima Miaga



